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viernes, 17 de febrero de 2012

MURET VIDADILLO 2009. Vidadillo, bobal. Vino de la Tierra de la Ribera del Jiloca. España.

En Vinoencasa nos estrenamos con esta uva, la vidadillo, también llamada crespiello, autóctona de esta denominación de Ribera del Jiloca - con la que también nos estrenamos - que se localiza hacia el sur-oeste de Zaragoza, fronteriza con la de Cariñena, donde también se da esta variedad. Parece ser que, como les ha ocurrido a otras muchas en España, en el pasado su cultivo estuvo mucho más extendido pues se trataba de una cepa de gran producción, que era lo que ha interesado siempre al agricultor. Pero cuando en las últimas décadas se ha apostado por vinos de mayor calidad a expensas de reducir la cantidad de uva recogida, se procedió a un arranque masivo de las cepas de vidadillo para sustituirlas por otras variedades, casi todas foráneas, más prestigiosas. Recientemente, sin embargo, algunas bodegas - entre las que se encuentra Vinae Mureri, la responsable del vino que hoy traemos - han apostado por esta variedad ya casi extinguida, cuidando mucho su cultivo y su vinificación, para conseguir excelentes resultados.
Este Muret Vidadillo está elaborado con un 80% de vidadillo y un 20% de bobal. Procede de viñas viejas con edades entre los 60 y los 80 años y ha tenido una crianza de 6 meses en barrica. No se nos ha pasado desapercibido el guiño del elaborador al colocar en la etiqueta una imagen de trilobites. Quizá con ello quiera hacer referencia al hecho de que esta uva es casi un superviviente prehistórico o a la extinción a la que ha estado amenazada hasta hace muy poco.
Se presenta con una capa media, ribete remolacha y una densa lágrima que tinta la copa. No es muy intenso en nariz. Dominan los aromas vegetales (hoja de higuera, hierba cortada) y minerales (polvo, pedernal) sobre un fondo discreto de fruta roja (frambuesa). También se aprecian notas ahumadas dulces (galleta, vainilla). Dejamos pasar el tiempo y agitamos con paciencia la copa para ver si gana en intensidad, si se abre más, y no apreciamos evolución.
La entrada en la boca es dulce. Se aprecia más la fruta en la lengua que en el olfato. También tiene una buena acidez que hace pasar desapercibidos los 14.5º de alcohol que contiene este vino. En el retrogusto se aprecian recuerdos balsámicos y de hierbas de monte. Pero lo que más destaca es su tanicidad, con una ligera astringencia en encías y lengua, y su amargor final. Ojo, no son sensaciones desagradables, sino diferentes; las que uno quiere encontrar en un vino elaborado con una uva hasta ahora desconocida para nosotros.
Nos costó unos 7€ en Lavinia, de Madrid.
¡Salud!

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